Voluntad azul

Tengo la cabeza tan nublada como la atmósfera contaminada de los campos que recorro. La duda siempre es la misma, encarnándose más fuerte en cada ocasión, levitando alrededor de un agujero negro cómodo en mi occipital derecho. 

Puedo argumentar cientos de excusas, organizar un patrón de hechos que se acomoden con exclusividad a mi reacción interna, a la batalla que ando lidiando desde los primeros síntomas aparecieron. ¿Pero para qué hacerlo, si el resultado siempre será el mismo? Gabetearlo, amarrrarlo, recordar que mis circunstancias son diferentes a las que me imagino, olvidarlo, dejarlo ir. 

¿Pero qué hago con mi voluntad azul? Si la tengo sentada a mi lado, intocable, desinteresada, bella en su propia forma, absuelta de mi tormento, inocente por elección. El horror de mis pensamientos le pondría de otro color. 

Otra historia para la colección. Otro buzón de cartas anónimas que no llegará a ninguna parte. Otras palabras que no se las llevará el viento, sino el puto smog. 

Por el momento, me queda solo apreciar y renegar. Dejarme ahogar en el manto oscurantista producido por mi estómago cada vez que brilla y me calienta con su voz, con su lengua entrenada. 

Y si nada funciona, que me planten en ese charco de arroz. Tal vez y algún día sea de su consumo, así le conozca por dentro y haga que se estremezca por mi. 

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